DESDE BARCELONA.
Slivovitz.
[Jordi Querol]

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Criticar los retrasos y las cancelaciones en los aeropuertos cuando volamos a otros lugares, o bien, cuando usamos el tren no me resulta cómodo ya que, en el fondo, entreveo las causas que los provocan. Sin embargo, esta generosidad que me predispone a imaginar que estas tremendas empresas, con multitud de interrelaciones y embrollados mecanismos, forzosamente, tienen que abortar alguna vez, no es correspondida. Por ejemplo, las medidas de los asientos de los aviones comerciales son horrendas, resultan excesivamente ajustadas y, este hecho, provoca incomodidad, sobre todo en viajes largos y, a personas de cierta envergadura física aún más. Otro ejemplo es la megafonía, o no te enteras de nada porque no escuchas bien el mensaje o, el volumen es muy exagerado. Un tercer ejemplo podría ser la limpieza; entre las revistas que reposan debajo de la mesita plegable correspondiente a cada asiento, a veces, se descubren restos de pertenencias del viajero anterior; entre vuelo y vuelo los aviones reposan muy poco, por lo tanto, no hay tiempo de asearlos convenientemente. Sin embargo, este artículo va dirigido directamente a una cuestión más precisa: el registro de equipajes.

El pasado día 13 de Diciembre, al regresar de Nueva York (NY), mi maleta amarilla no apareció. Después de una hora exacta de aburrimiento viendo girar incansablemente la cinta transportadora, tres personas nos quedamos sin equipaje. Con mis experiencias anteriores (esta era la tercera vez que esto me ocurría), intenté consolar a una señora que, al quedarse por primera vez sin maleta, empezó a decir alguna que otra insensatez. Sin éxito alguno, con el afán de ayudarla y tranquilizarla, le comenté lo que me había ocurrido anteriormente, y le advertí que la mayoría de las veces la compañía aérea entrega, un día más tarde, la maleta extraviada a su dueño en su propio domicilio.

Los controles en los aeropuertos norteamericanos son muy serios y lo entiendo. Siempre viajo sin líquido alguno en mi equipaje de mano (el que entra conmigo en el avión); jamás transito con jamón serrano ni ningún otro manjar prohibido; muestro mi ordenador portátil; me descalzo antes de pasar por los escáneres; mi maleta grande (la que facturo) nunca sobrepasa los 23 kilogramos y, en ella, marchan todos los líquidos y demás productos de aseo, junto con una botella de Muga que regalo a mi amigo de Queens, donde resido en NY. El mencionado amigo, húngaro de nacimiento, gran pianista y buen jugador de ajedrez, a menudo anima su existencia con algún que otro lingotazo de aguardiente de ciruela que siempre tiene en la nevera. Es una estupenda bebida alcohólica, denominada Slivovitz, muy usada en los países del Este europeo que, durante mi estancia en NY (jornadas extraordinariamente frías) me ayuda a sobrevivir. Al final, una botella de Slivovitz (colocada adecuadamente en mi maleta amarilla) viajó a Barcelona, al igual que algunos días antes un Muga aterrizó en NY. Delta Airlines me envió un primer mail pidiéndome excusas por el extravió de la maleta, aclarándome que aún estaba en NY. Un día después, me notificaron que se encontraba en Paris y, finalmente, al cabo de tres azareados días, mi maleta amarilla llegó cansada y feliz a casa pero sin la botella de Slivovitz. Como ya he dicho, entiendo los retrasos y las cancelaciones, pero que desaparezca mi Slivovitz no es de recibo. Menos mal que en Barcelona hace menos frio que en NY.
“Desde Barcelona”

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