VENTANA DEL AIRE: Voy a dormir

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(Firma: Juan Andivia)  Hay escritores de quienes no conocemos algunos datos, que en otros casos serían irrelevantes. Que la argentina Alejandra Pizarnik se quitó la vida ingiriendo cincuenta barbitúricos, durante un permiso del hospital en donde estaba ingresada; que Emilio Salgari, tan amable en sus novelas de aventuras, se clavó un cuchillo; o que Virginia Woolf se tiró al mar envuelta en su abrigo lleno de piedras son detalles que alimentan más el morbo que la interpretación de sus obras, independientes, casi siempre, de estos actos.

Pero hay un caso especial que nos ha llegado, antes que por la literatura, a través de la canción compuesta por Félix Luna y Ariel Ramírez: “Alfonsina y el mar” (“Por la blanda arena que lame el mar…”), que sonaba magistralmente en la voz de Mercedes Sosa y que siguen interpretando otros cantautores. Me refiero a Alfonsina Storni.

Esta poeta, nacida en la ciudad suiza de Capriasca, pronto se trasladaría a Argentina, donde desarrolló su carrera literaria y vital. Sin justificar su suicidio, con 46 años, en Mar del Plata, lo que deseo destacar es su manera de despedirse de la vida. En el mismo mar que le descubrió un cáncer de mama al golpearle una ola en el pecho, se dejó caer un 25 de octubre de mil novecientos treinta y ocho y, previamente, había mandado de su puño y letra un soneto sin rima al periódico “La Nación”, titulado “Voy a dormir”.

Como si se tratase de una ceremonia y ella fuera una niña, habla con su nodriza (que, obviamente, ya no tenía), a la que le encarga su vestimenta y la ropa de cama: “Dientes de flores, cofia de rocío, /manos de hierbas, tú, nodriza fina,/ tenme prestas las sábanas terrosas/ y el edredón de musgos escardados”. Después, diciéndole que va a dormir, le indica que le coloque algo de cielo en la mesilla (una constelación): “Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame./ Ponme una lámpara a la cabecera;/ una constelación; la que te guste;” todas son buenas; bájala un poquito./Déjame sola: oyes romper los brotes…/ te acuna un pie celeste desde arriba /y un pájaro te traza unos compases/ para que olvides… Gracias”. Finalmente, le encarga que si alguien pregunta por ella, no sabemos si el hijo o un amante real o imaginario, que le diga que ha salido: “Ah, un encargo: /si él llama nuevamente por teléfono /le dices que no insista, que he salido…”

Es un poema que nos conmueve si sabemos sus circunstancias, dato que vengo manteniendo, en otros casos, lejano a esa conjunción palabras y ritmo que ha de constituir el texto poético.

Saber que, en el lugar de la playa de La Perla, desde donde se arrojó al mar, se construyó un monolito, tampoco aporta nada, que escribiera a su amigo, suicida también, Horacio Quiroga: “Morir como tú, Horacio, en tus / cabales”, o que alcanzara un éxito lejos de los convencionalismos de la época son informaciones no literarias, pero que serán siempre bienvenidas si, tras emocionarnos, al menos, con las versiones de la canción que la dio a conocer para el gran público europeo, nos adentramos en su biografía y, pasito a pasito, nos encontramos con su poesía.

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