VENTANA DEL AIRE: Ande yo caliente

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(Firma: Juan Andivia) Cuando éramos adolescentes, los Hermanos Maristas nos llevaron a ver el asentamiento de chabolas que había en el Conquero, entre otras actividades de concienciación social. Deduzco que no sirvió para mucho, después de hablar con algunos de mis compañeros de entonces, más de cuarenta años después.

Digo esto porque hay una concepción liberal de vida, que va más allá de las ideas, que pregona que cada uno tiene lo que se merece; así, sin más. Esta forma de ver las cosas es la que origina la frase “el dinero de cada individuo donde está mejor es en su bolsillo” (se oyen aplausos) y la que exige la mínima intervención del Estado en la sociedad.

En mi corto entendimiento, yo lo veo de esta manera: Si usted hubiera nacido en las chabolas del Conquero y hubiese tenido una escolarización tardía (y obligada, tras nuestra actividad extraescolar) con otros niños y niñas marginales, usted no habría podido ir a la universidad, porque sus padres no habrían tenido posibles y, ahora, seguiría teniendo un empleo precario, si lo tiene, y estaría quizá al borde o en la pobreza; obviamente, no habría podido jugar en la Ciudad deportiva, ni asistir al Club de Tenis, ni pagar una papeleta de sitio de una hermandad de penitencia (aunque la penitencia la llevara sufriendo toda la vida). Es sólo un ejemplo, a propósito de esa bajada masiva de impuestos que pregonan algunas opciones políticas, de la que ya he opinado en varias ocasiones.

Sin hospitales, escuelas, instalaciones, clubes, asociaciones e iniciativas públicas, seguiríamos estando en una sociedad probablemente muy desarrollada en lo tecnológico, en la economía y en algunas infraestructuras, pero muy deficiente en lo solidario, en lo humano. El aspecto general, el que luciera en las televisores, podría ser muy bueno, aunque siguieran existiendo las favelas o sus equivalentes.

Pepe Baena y Andrés M. Silván, recogen en “La poesía satírica en Huelva”, ed. Onuba, 2018, entre otras perlas, estas letrillas de uno de los autores más mordaces de la literatura onubense, Diego Figueroa:


Tengo un Palacio,

en lo alto del Conquero,

tengo un Palacio,

que aunque cuesta dinero,

no va despacio.

Y es poca cosa

que al lado del Palacio

haya cien chozas.

Eso es lo que hizo el obispo Cantero, a mediados del siglo pasado, exactamente unos metros más arriba del asentamiento chabolista de nuestra visita escolar: No hay comentarios.

Verán, mi opinión al respecto se basa en la concatenación de desigualdades que he vivido desde que salí de Huelva: Durante años, viví la exclusión de los pueblos pequeños, donde quienes no iban a estudiar al Seminario o alguna institución u orden religiosa difícilmente podían aspirar a algo más que a una instrucción básica y a ser obreros agrícolas; después, la periferia me enseñó que el trapicheo y la delincuencia eran la salida natural y que ni siquiera se pensaba en otro camino, porque se le echaba la culpa de todos los males a los demás, injusta, absurda, ignorantemente. Era un círculo del que no se quería salir. Más tarde, la inmersión sin prejuicios en ambientes diversos me corroboró que si los poderes públicos no trabajan por los más débiles, nadie, ni ellos mismos, lo harán. Pero, claro, yo sí había podido estudiar, vivir en el centro de la ciudad, ir a la universidad y elegir, dentro de lo que la vida permite a cada uno.

La intervención del estado es necesaria, según mis luces, porque si no, como dijo Góngora, en 1581: “Traten otros del gobierno/ del mundo sus monarquías/ mientras gobiernan mis días/ mantequillas y pan tierno”. Es decir, que “ándeme yo caliente / y ríase la gente”, y sigan los palacios y las chabolas.

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