VENTANA DEL AIRE: Dudas léxicas sobre la nueva normalidad

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(Firma: Juan Andivia) Sin acudir a la etimología, que en este caso nos iba a aportar poco, me instalo en el léxico actual para intentar comprender el significado de esa “nueva normalidad” a la que abocamos y, como uno es humilde, acudo al DRAE para ver si ando extraviado o equivocado una vez más.

Como me temía, no lo estoy y las acepciones de normal son cuatro, sin entrar en las matemáticas.

La primera es “Dicho de una cosa: Que se halla en su estado natural”; y, entonces, me pregunto si el presidente del gobierno se referirá al pueblo español como una cosa. Creo que no, pero quizá la cosa es aquello en que nos vamos a convertir y, cuando nos encontremos en nuestro estado natural cosificado, este estado será nuevo. No sé, pero imagino que no se referirá a eso, aunque nunca se sabe.

Después, aparece que lo normal es lo “habitual u ordinario”, términos que no pueden ir junto a nuevo, ya que se excluyen. Y vuelve el misterio: “nueva normalidad”; intrigante, ¿qué opinas, Iker?

La acepción tercera es “Que sirve de norma o regla”. Ah, claro, regla, pero para qué, para vivir, para comportarse, para consumir, para consumirnos. Porque, por otra parte, regla es “Aquello que ha de cumplirse por estar convenido en una colectividad”, pero lo que habíamos convenido ya no es ni lo que convinimos ni lo que nos conviene. El gobierno actual y la colectividad no se llevan bien, a menos que no estén en ella muchos ciudadanos y sus egregios representantes, con lo que ya costaría llamarla colectividad; el propio ejecutivo desea cambiar parte de lo que se había consensuado hace años y quienes contamos poco, excepto cuando nos ponen una urna para embestirla (figuradamente), no creemos ni siquiera que haya que cumplirse muchas de esas reglas, véase, si no, el asunto impuestos. Entonces, si las normas son débiles, sin aceptación general y se pretende cambiarlas, por qué se llama normalidad. Quizá por eso sea nueva, aunque le quede poco de normal.


Y en este lío semántico, voy y leo que también puede ser “Dicho de una cosa: Que, por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano”, lo que me lleva a las acepciones primera y tercera pero rebujadas, donde se percibe el exudado senil de unos académicos al borde de la extenuación.

Total, que por mi maldita costumbre de arrimarme a las palabras, como si fueran amigas que me revelarán todo, me quedo en la soledad de quien no sabe nada y en la sabiduría de quien lo duda todo.

Quién me mandaría a mí: “Nueva normalidad”, pues eso, como antes, como siempre, como en enero. Pero eso no es verdad; nada será igual, por mucho que volvamos a los bares y nos besemos en cuanto nos presenten. La gente que no tiene trabajo, los negocios cerrados, los números rojos de las cuentas, los expedientes apilados en los juzgados, su retraso y su daño, los escolares que han aprendido a seguir las clases en pijama, mientras hacían otras cosas y también a copiar y a driblar; los enfermos que no se han atrevido a ir al médico; las fobias, los amores frustrados, los abusos, las parejas rotas; los balances desbalanceados; el temor al futuro y la certeza de que somos seres minúsculos; no nos dejarán ser como antes. Habremos llegado a la fase N, pero no será de normalidad. Como si fuera pulpo, en aquel conocido juego y anuncio, admito, como mucho, el adjetivo Otra.

Otra normalidad, y me temo que no mejor, sino para los de siempre.

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