VENTANA DEL AIRE: ¡Viva Honduras!

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(Firma: Juan Andivia Gómez)  El día en que el ministro Trillo gritó Viva Honduras, en vez de Viva El Salvador, fue recogido en la prensa con justificadas alharacas. Rectificó (¡manda huevos!) diciendo que venía de aquel país y que por eso se había equivocado.

Fue uno de esos momentos cuya verosimilitud resulta difícil de creer, como lo son aquellos en los que un español le arroja un Viva España a otro, como si con eso pudiera molestarle u ofenderle. Y claro que lo hace. Y es penoso.

Parto de la premisa de que hay muchas personas, nacidas en nuestro país, que ni se sienten españolas, ni catalanas, ni vascas, ni nada; es decir, hay quienes no creen en los signos identitarios como algo que una o hermane. Saben que las fronteras son artificiales y el concepto de nación, un invento relativamente reciente. Pero son españoles, somos, porque lo pone el DNI.

Y es curioso que muchos de los ofendidos con la supuesta exaltación patria, no lo serían si esos vivas los oyeran fuera de España. Es decir, que cuando estamos en Bucarest nos encanta oír lo mismo que aquí molesta. Claro que en el extranjero, la frase es un halago y un reconocimiento, mientras que aquí es un “Fuera de aquí, rojillo, que no te admitimos en este legar que hemos decidido adjudicarnos con exclusividad”, igual que todos y cada uno de sus símbolos.

En el supuesto de que pensáramos como un holandés, por ejemplo, creeríamos tener una pesadilla si viésemos el día de la fiesta nacional a unos miles de ciudadanos cortando el tráfico de la capital, en coches, para pedir el cese del presidente de un gobierno elegido según las reglas democráticas. Y, además, con el lema “caravana de la libertad”, absurdo en este caso.

Quienes hemos creído en la libertad desde siempre, aunque tampoco nos gusten los actuales gobernantes, tenemos que esperar a que unas elecciones los cambien, o los cambiemos. Y lo de la libertad parece exótico cuando se analizan las reivindicaciones de los convocantes.

Que la izquierda se ha dejado arrebatar los símbolos es un hecho y ya casi un tópico; que España debe ser de todos los españoles que lo deseen, algo por conseguir; que si contamos las banderitas en las mascarillas, no cuadran los cálculos, una evidencia y que el 12 de octubre cada vez hay menos que celebrar, una triste realidad.

Seguro que entre los soldados salvadoreños de aquel día de 2003, en Irak, hubo alguno que creyó que aquello significaba la definitiva reconciliación con el país vecino; pero no, el oficial que estaba detrás del ministro lo tomó del brazo y le advirtió de su error.

Es una lástima que nadie nos tome del brazo de vez en cuando y nos recuerde las prioridades de un país que no está contento con el gobierno, ni con la oposición, ni con los símbolos y una parte de él, ni con el sistema. Un lugar donde se excluye por ideología o por nacimiento, donde la justicia es dudosa y donde intentar arreglar todo esto cambiando la Constitución parece una barbaridad, como si hubiera algo peor que la gestión de esta desastrosa pandemia.

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