La baja nobleza cerreña (siglos XVI-XIX)

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Hoy, sin saber por qué, mi pensamiento me levanta, con humos de soldado, a arar la arena y a sembrar el viento, de un loco desatino acompañado.

Castilla es tierra corta, mar violento; en ti recibe mi esperanza a nado.

A Italia voy, que de villano espero volver a ser de Illescas caballero.

El caballero de Illescas, Acto I (Lope de Vega, circa 1602)

Personalmente, siempre me ha fascinado esta última cita del personaje de Juan Tomás: “A Italia voy, que de villano espero volver a ser de Illescas caballero”. Lope de Vega viene a sintetizar en una frase dos de las obsesiones de España, durante su época hegemónica: el control de los estados italianos y las cuestiones de hidalguía.


Si bien Italia nos queda algo lejos del Andévalo onubense, no así somos ajenos de la política exterior de los Austrias, pues su legado ha marcado de manera directa o indirecta la vida de cientos, miles, de españoles.

Asimismo, la cuestión (a veces obsesión) por demostrar la hidalguía ha sido, durante muchos siglos, fuente y causa de tan extensa y preciada literatura en las reales chancillerías de Valladolid y Granada. Es una pena que se olvide a la figura del hidalgo español, pues es todo un referente histórico acrisolado en la época de mayor gloria del Imperio español.

Todos recordamos al hidalgo del Lazarillo de Tormes quien se negaba a trabajar, pese a no tener a penas sustento para vivir. Es bien sabido que, en tierras de Castilla, Vizcaya o Murcia, la presencia de hidalgos fue siempre notoria, llegando a darse el caso puntual de que el número de hidalgos censados era superior al de pecheros (pueblo llano).

No obstante, esta realidad castellana choca frontalmente con la mayoría de pueblos del Andévalo. Tomemos por ejemplo el caso del Cerro de Andévalo, quien conserva retazos valiosísimos de su historia consignados en el índice de matrimonios canónicos (1561-1883). En él aparecen, confirmados, unos 27 asientos relacionados con miembros de la baja nobleza. Si bien la mayoría de los miembros ennoblecidos pertenecen al siglo XIX (14 de los 27), todos ellos presentan un grado mayor o menor de curiosidad histórica.

Tomemos el caso más antiguo registrado en la parroquia de santa María de Gracia del Cerro, es el de la boda de D. Diego López, hijo de Fernando López y de Dª Anastasia de Villena, y de Dª Francisca de León, hija de Diego de León y de Dª Isabel Márquez, acaecida en 1598. Sabemos muy poco de ellos, puesto que los libros parroquiales fueron destruidos durante la guerra, pero la mayoría de los casos parecen apuntar a una preponderancia extra-cerreña en lo que se refiere al censo de hidalgos.

Muchos de los apellidos que destacan son recurrentes en la región[1], como: Borrero, Domínguez, Gómez, González, Haldón, Márquez, Rico, Vázquez o Vélez. Sin embargo, también aparecen apellidos como: Bobadilla, Díaz de Castro, Fontaní, González de la Banda, Laso (Lasso) o Rico de la Banda; procedentes, claramente, de pueblos de fuera del Andévalo.

Pese a presentar un origen (en inicio) foráneo, no son pocos los descendientes de algunas de estas familias, como es el caso de los Díaz de Castro que han llegado hasta nuestros días. Si bien no todos preservaron su elegantísimo apellido castellano, nos consta una vasta descendencia de los Díaz de Castro en otros pueblos del Andévalo.

Para ilustrar la historia de esta familia, tomemos el caso del capitán Álvaro Díaz de Castro, vecino del Cerro y viudo de Dª Catalina Pérez, quien casó con Ana Ramírez (en 1658) y con Dª Margarita Riquel[2] (oriunda de Ayamonte; en 1660). Pese a no tener un indicio directo de su origen, gracias a archivos parroquiales cercanos, podemos saber que el apellido (o linaje) Díaz de Castro haya su origen en Palencia[3].

Quizás, el capitán Álvaro Díaz de Castro acudiera a la llamada de Felipe IV, en 1640, para participar en la guerra de restauración portuguesa (1640-1668) que tantos quebrantos produjo a lo largo y ancho del Andévalo. Puede que este fuera el motivo de su traslado de las tierras altas de Castilla a los jarales del Andévalo. No obstante, esto es mera conjetura lógica.

Es por eso por lo que, en cuanto a procedencias confirmadas, figuran bastante pocas. Se sabe que la mayoría de dones y doñas tienen raíces ajenas al Cerro, pero no es posible delimitar un origen común, pero sí se acusan recurrencias en cuanto al posible origen de los hidalgos cerreños. La mayoría de los casos de los siglos XVI-XIX aluden a: Alosno, Ayamonte, Lucena, Puebla de Guzmán, Sevilla, Villanueva de las Cruces o Villena.

Ahora bien, hay dos casos particulares que son especialmente interesantes, en lo que se refiere al censo cerreño. Me refiero a los matrimonios de: Cristóbal García Rojas y María Concepción, en 1694, y de D. Francisco de Paula Cenizo y Dª María Rafaela Fontaní, en 1810.

En el primer caso, María Concepción (la novia) figura como hija de D. Antonio Jordán Silva y de Dª Inés Borges de Sousa, por lo que se trata, claramente, de miembros de la baja nobleza portuguesa (de procedencia desconocida). Y, por otro lado, el caso de D. Francisco de Paula y Dª María Rafaela es curioso, pues ambos figuran como pertenecientes a la familia Fontaní[4].

Los Fontaní son todo un misterio, puesto que no figuran en el índice del Cerro, pero tampoco se alude a la procedencia de los contrayentes. No obstante, una búsqueda preliminar podría situar a esta familia entre Lombardía, Emilia-Romaña y Toscana[5]. Si bien todavía es posible encontrar negocios locales con la pronunciación original (Fontaní o Fontanì, con i tónica) entre las provincias italianas de Bérgamo y Brescia, ambas lombardas.

Es probable que jamás seamos capaces de reconstruir el origen o la procedencia de estas familias que dieron forma al estamento noble del Andévalo, como es posible que tampoco seamos capaces de recuperar la historia perdida, por guerras y descuidos, de tantos otros de nuestros antepasados andevalenses.

Por ello, qué mejor frase para terminar la historia de los Fontaní que las que, con tanto acierto, escribió un grande de las letras españolas, como Lope de Vega: “A Italia voy, que de villano espero volver a ser de Illescas caballero”.

(Firma: Eduardo Pérez de Lara y Sánchez)

Bibliografía

COGNOMIX (2020). Consultado en diciembre de 2020. ITALIA: Cognomix.it

ITURRIZA GUILLÉN, C. (1974). Matrimonios y velaciones de españoles y criollos blancos celebrados en la catedral de Caracas desde 1615 hasta 1831, VENEZUELA: Instituto Venezolano de Genealogía

VARIOS (1561-1883). Índice de matrimonios. Archivos parroquiales del Cerro de Andévalo, ESPAÑA: Parroquia de santa María de Gracia del Cerro de Andévalo.

VARIOS (1666-1718). Primer libro de matrimonios. Archivos parroquiales de San Bartolomé de la Torre, ESPAÑA: Parroquia de San Bartolomé de la Torre.

[1] Apellidarse así no implica ser descendiente o estar relacionado con estos hidalgos cerreños.

[2] Los Riquel de Ayamonte pasaron a Indias, tal y como se presenta con el matrimonio entre Pedro Riquel y Ana Martín, celebrado en Caracas, en 1630.

[3] Tal y como figura en el matrimonio de Francisco Díaz de Castro, palentino, con María Magra [Martín], celebrado en la iglesia parroquial de San Bartolomé de la Torre en 1673.

[4] Casaron, en 1810, D. Francisco de Paula Cenizo, hijo de D. Fernando Cenizo y de Dª María Belén Fontaní, casó con Dª María Rafaela Fontaní, hija de D. Rafael Fontaní y de Dª María de Soto.

[5] Actualmente hay unas 487 personas en Toscana, unas 31 en Emilia-Romaña y unas 10 en Lombardía. Todas apellidadas Fontani o Fontanì, según Cognomix.

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