El coronavirus, la alimentación y otras cuestiones en la Sierra de Aracena

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(Firma: Dani López García)  Ya sabemos que la intensificación en la producción ganadera y agroforestal que estamos llevando a cabo en las últimas décadas está estrechamente vinculada con la aparición y propagación de la pandemia de la COVID-19. Está demostrado que estos modelos globalizados de producción intensiva son el caldo de cultivo perfecto para que escenarios tan dramáticos como el actual se repitan cada vez con más frecuencia y mayor virulencia.

Como es lógico, la forma en que esta crisis sanitaria está afectando a las personas y los territorios en nuestro país es desigual, incluso si circunscribimos sus efectos al medio rural. Por esta razón, días pasados se convocó la Mesa Redonda Abierta ‘Pandemia y sistema alimentario en la Sierra de Aracena’, en el marco del proyecto Inspira Territorio, impulsado por la asociación Los Pies en la Tierra y que diversas entidades y administraciones están desarrollando en la comarca onubense desde el mes de octubre de 2020.

El objetivo ha sido el de conocer de cerca cómo está afectando esta situación a las personas que viven y trabajan vinculadas al sector alimentario en la Sierra de Aracena. El evento, no podía ser de otra manera, se ha desarrollado en la plaza virtual de Internet, el único lugar aséptico (¿?) que nos permite encontrarnos y congregarnos sin riesgo de extender los contagios. Ojalá pronto podamos volver a juntarnos, de verdad, pues esta existencia en las pantallas, este simulacro de relaciones ya cansa.

Después de un repaso general donde se puso el foco en la zoonosis (enfermedades o infecciones que se dan en los animales y que se transmite a las personas en condiciones naturales), tomaron la palabra los y las vecinas de distintos pueblos de la sierra, por muchos meses uno de los lugares en los que el número de casos de coronavirus se ha mantenido en niveles relativamente bajos. El aislamiento es lo que tiene.

En el concurrido escenario virtual han participado negocios vinculados al cerdo ibérico, hortelanas que producen y venden en proximidad, transformadores de productos primarios, comercios de alimentación, temporeras, cazadores, restauradores… nichos vinculados con el sistema alimentario de la Sierra, en otro tiempo autárquico, hoy colonizado por la globalización y el neoliberalismo, vestidos de Mercadona o Lidl.


Se ha hablado del cansancio por la excesiva duración de esta epidemia y de la incertidumbre ante un mañana mismo bastante incierto. De la necesidad de reactivar los mercados locales, de la puesta en marcha de obradores colectivos y centros para la formación en agroecología. Y cómo no, de la fragilidad que conlleva la precariedad de muchos de los trabajos rurales, que a su vez esta pandemia retroalimenta. Las propuestas han ido en la línea de la concienciación y la formación como ejes centrales, de afianzar los lazos locales entre las personas, de la creación de redes y alianzas. Y también de reducir la burocracia y de actuar más al margen de las instituciones.

Desde la asociación Los Pies en la Tierra trabajamos de cerca con distintos ayuntamientos y administraciones públicas de la comarca, y no nos es ajena ni mucho menos la presión que están sufriendo frente a lo que ya era una situación compleja antes de la pandemia. Somos conscientes de esa congoja paralizante, pues reconocemos que esto nos ha superado a todos. Pero necesitamos actuar; es necesario seguir trabajando y ahora tal vez con más sentido que nunca. Ha habido que hacer, por ejemplo, un tremendo esfuerzo colectivo, desde muchas entidades y organizaciones de toda España, y pelear por que se permitiera el desarrollo de mercados locales, como otra actividad de abastecimiento de alimentos, igual que los grandes hipermercados y las tiendas minoristas. Un reconocimiento que ha llegado en muchos casos tarde y siempre dependiente del libre albedrío de la autoridad local competente. Y aún siguen sin autorizarse este tipo de actividades en algunos municipios. La atención y el cuidado de huertas y animales en las fincas, además, ha costado sanciones y castigos a muchas personas por no poseer títulos de propiedad o de derecho de explotación.

Y cabría hacer mucho más. Y algunas de estas propuestas ni siquiera las vemos, precisamente porque no existen, porque no hay una verdadera intención de incorporar la agroecología como eje transversal a todas las actividades que se desarrollan en los entornos rurales. Vamos a remolque en esto porque obviamente no es la varita mágica de los milagros para las comunidades rurales, pero no nos hemos dado cuenta aún de que es el único camino posible para ellas. De que ahora, en este nuevo escenario, ya no podemos seguir esperando a ver qué pasa, que hay que actuar, que hay que prever, anticiparse, diseñar estrategias concretas a medio y largo plazo para nuestros pueblos.

Y se puede hacer mucho con poco dinero. Las normativas locales, desde las administraciones más cercanas al territorio son, en este sentido, herramientas de indudable importancia. Porque todas estas cuestiones son fundamentales para la necesaria transformación ecológica, para el Pacto de Milán, para la Agenda 2030, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), etc., etc.; para transitar, en definitiva, hacia modelos más sostenibles. Lo que demuestra este alejamiento de las administraciones hacia lo local que debería ser impulsado o salvaguardado, es que tal transición ecológica no está entre sus prioridades, no figura en la agenda diaria de estas administraciones locales.

Sabemos que esta situación asediada por el miedo y la zozobra durará un tiempo aún, pero también que desde proyectos como Inspira Territorio se está apostando por generar espacios de construcción colectiva para, entre todas, reflexionar sobre lo que estamos haciendo con nuestra alimentación y con todo lo que la rodea. Porque esto no va solo de la dieta. Hablamos de un sistema imbricado que mezcla también la economía y el empleo, lo que producimos y la pérdida del sector primario –fundamental en los entornos rurales–, la despoblación, la precarización de la vida, la pérdida de biodiversidad –factor clave en la aparición de pandemias– y de fertilidad de la tierra, el envejecimiento de la población y el abandono de los territorios. Y del derecho a una alimentación sana, de una producción diversificada, saludable y de proximidad, de una economía de los cuidados, hacia el entorno y las personas. El objetivo no es a corto plazo, pero Inspira Territorio quiere poner los cimientos de una base amplia y plural, de una estructura permanente y sólida que sean capaces de llevarnos hasta los objetivos propuestos. Podemos aprender además de otras experiencias que están ocurriendo por distintos lugares de nuestra geografía. Pero nada de esto ocurrirá sin las personas de la Sierra, sin que los y las vecinas de los pueblos se sumen y participen, sin que deseemos juntas este cambio común para el que hay que hacer una apuesta clara y decidida.

“Está en nosotras también decidir si todo esto ha de suceder al margen de las instituciones locales”

(Dani López García es miembro de la asociación Los Pies en la Tierra)

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