CERCA DE LA LETTERA: Viaje con nosotras

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Siempre que planeo un viaje me gusta comprarme un cuaderno e ir anotando en él todo lo que va sucediendo. Anoto cosas como los localizadores de los billetes, el número de reserva del hotel, los sitios que quiero visitar. Planeo también rutas, sitios donde comer. Luego en los días de viaje comienzo un diario y voy dando cuenta de todo lo que vemos, lo que comemos, lo que nos gustó y lo que nos defraudó. Repaso también las anécdotas o las curiosidades. Después cuando vuelvo a casa, termino el cuaderno de viaje pegando en sus hojas finales postales, entradas a museos, tickets de comida, flores, mapas y todo aquello que fui recolectando durante aquellos días.

En este tiempo de mayo en el que ya presentimos junio y sus largas tardes, me entretengo recordando los preparativos del viaje que iba a hacer antes de que (cito textualmente) “profundamente preocupada por los alarmantes niveles de propagación de la enfermedad y por su gravedad, y por los niveles también alarmantes de inacción, la OMS determina en su evaluación que la COVID-19 puede caracterizarse como una pandemia”. Íbamos a ir a Gdansk, Polonia. Ahí están en un cajón el cuaderno con las primeras anotaciones y una guía de Polonia que me prestó un amigo. Ahí aguardan su tiempo, para cuando se pueda.

En cuestiones de desplazamientos este año hemos retrocedido de golpe a treinta, cuarenta años atrás. ¿Recuerdas cuando había que utilizar el pasaporte para todo? ¿Cuándo no existían las compañías low cost y en el avión te daban de comer cosas que sabían a pollo, pero tenían aspecto de comida de perros? ¿Cuándo ir a la playa significaba mínimo una hora por una carretera estrecha y atascada y por eso había que madrugar, aunque fuera domingo? Al igual que en aquellos años, cuando viajar era un sueño para esta niña que vivía en la periferia de la periferia, en estos días de encierros, toques de queda y restricciones a la movilidad, los libros me han acompañado y de su mano he viajado. Porque ya lo dice Juliana González – Rivera en su libro “La invención del viaje”: Todo viaje tiene lugar, antes que en el camino en la imaginación.

Uno de los viajes más bonitos que he hecho este año ha sido a Vietnam, de la mano de Verónica Aranda y su libro “Rio Mekong”. Verónica es una mujer viajera – que no turista –que ha vivido en Italia, Bélgica, Portugal, India y Marruecos y que ha dado recitales por medio mundo y que busca en el viaje todo lo que pueda nutrir su poesía. Libros como “Dibujar una isla”, “Poeta en la India”, “Alfama”, “Café Hafa” o este “Rio Mekong” son testimonio de su espíritu nómada. No en vano llama a su blog “Poesía nómada”, que bien podría verse como una poética propia.

En el poemario del que hoy os hablo, la poeta hace una apuesta bastante arriesgada al utilizar treinta y un haikus para dar cuenta de su viaje a lo largo del país asiático. Y digo que aquí Verónica Aranda corre riesgos porque el haiku es una forma poética breve y muy normalizada (tres versos que suman diecisiete sílabas, dos pentasílabos y un heptasílabo, que habla de una escena que sucede en la naturaleza, que no utiliza figuras literarias…) y en la que puede resultar muy complicado transmitir la sensación de movimiento. Y sin embargo, a través de los personajes que pueblan este libro (el músico ciego, los ancianos, los barqueros y los jornaleros, los vendedores del mercado y los niños) Verónica nos lleva de la mano a recorrer Vietnam. Pero no es el Vietnam de Apocalipsis Now, ni tampoco los tour cronometrados y asépticos que nos venden las agencias de viajes. Es otro país, inundado por entero con la mirada viajera de Verónica.


Está plagado este libro de pequeños detalles, acontecimientos cotidianos en los que la poeta, persona sensible y observadora, desplaza el foco de nuestra atención, haciendo aún más rica la lectura. Sin ser un libro narrativo, en este libro pasan cosas, es un libro vivo:

Llego a la aldea.

mientras calientan té,

ulula el viento.

Con una mano

pela lichis

el mutilado de guerra.

Cerca del canal

de nenúfares,

niños removiendo el basurero.

Pronto abrirán las fronteras, el espacio Schengen volverá a ser ese sueño paneuropeo que cierra la puerta a los pobres del sur y la abre a los ricos del norte, que colma nuestros sueños pequeñoburgueses viajando en aviones con asientos entre los que no nos caben las piernas. Pronto volverán las carreras, los free tours, ponerte tres jerséis en agosto para no facturar la maleta. Y siempre nos quedaran los libros de las viajeras y nos sentaremos con ellas, junto a los sauces, para escuchar el rumor del Mekong.

“Rio Mekong”, de Verónica Aranda está publicado por la editorial Cartonera Island en edición cartonera y numerada, realizada en talleres cartoneros abiertos utilizando cartón reutilizado, cortado y pintado a mano.

Carmen Ramos

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