Miércoles 07 de Diciembre de 2022

El tesoro de Las Poleosas

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En el pasado siglo la mayoría de los carabineros destinados en los diversos cuarteles de la costa de Doñana: El Inglesillo, Torre Zalabar, Torre Carbonero, Matalascañas, Torre la Higuera, Mata del Difunto, El Asperillo y Torre del Oro, eran enviados allí como castigo por expedientes disciplinarios o poca afinidad al régimen. El Cuerpo de Carabineros fue siempre una institución de tendencia izquierdista que a Franco no le gustaba demasiado, y fue por eso que en 1940 desapareció como tal, integrándose en la Guardia Civil.

Estos carabineros vivían en condiciones infrahumanas, lejos de la humanidad; solo veían mar, dunas y alacranes. No todos tenían la suerte de vivir en casas de obra, muchos tenían que construir sus propias chozas con una estructura de pino y cubiertas de material vegetal. Los víveres y el correo lo recibían una vez a la semana, si el tiempo era bueno. Subsistían a duras penas, soñando  que  un día  les llegaría la hora de  la jubilación y podrían volver  a sus pueblos con sus gentes.

Pero el futuro que les esperaba era otro muy distinto. Los que no conseguían escapar de aquel terrible infierno en los primeros años de destino —que eran pocos, los más jóvenes—, estaban condenados a dejar sus huesos en las arenas de Doñana.


Cuando estos guardias se jubilaban se sentían atrapados por el entorno en el que habían pasado tantas calamidades. Después de muchos años realizando siempre el mismo trabajo de vigilancia costera, no era fácil emprender una nueva vida en sus pueblos de origen y decidían quedarse por la zona y montar un rancho para dedicarse a la pesca, a criar cabrás y gallinas o a sembrar un huerto.

Cuenta Juan Villa en Voces de La Vera, que uno de esos carabineros, tío Germán, cuando dejó de vestir el uniforme, se asentó con su familia en el paraje conocido como Las Poleosas para dedicarse a estas labores, y nunca le faltó leche, carne, verduras, legumbres; además de pescado, ya que el mar estaba cerca de su asentamiento, al otro lado de las dunas del Asperillo. El excedente de estos productos era moneda de cambio para comercializar con ellos en los poblados próximos.

Trasera de la casa donde se encontraba el corral

Trasera de la casa donde se encontraba el corral

Tío Germán era un personaje curioso del que se contaban muchas historias por Doñana. Según Villa, una de las más sonadas era la de los tres pellejos de cabra con monedas de oro que se encontró, siendo aún carabinero, tesoro que decía haber escondido y  del que, de vez en cuando alardeaba ante los demás, mostrando un puñado de monedas. Sus hijos se pasaban el día detrás de él para a ver si daban con el escondrijo. Cavaron por todo el huerto, por la playa y por los lugares donde su padre solía detenerse con frecuencia. Pero nada, que el tesoro no aparecía.

Una tarde, el Guarda Mayor del Coto le dijo que por qué no les decía de una vez a sus hijos dónde tenía escondido el tesoro, a lo que tío Germán contestó: Que caven, que caven, así trabajan esa partida de flojos.

En el Coto tenía fama de testarudo, y así lo demostró hasta sus últimos días. Tío Germán murió llevándose el secreto a la tumba y dejando a sus hijos con el azadón en la mano, en busca del tesoro que nunca apareció.

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