16 febrero 2026

CARTA AL DIRECTOR

Recuerdos de El Rompido (7)

Firma: Jordi Querol

Seguro que, cuando el curso del agua del río Piedras bajaba confiado hacia el océano, no podía imaginar lo ancho y salado que sería su final. Allí, en El Rompido, el agua del mar le ha ganado la batalla y lo ha convertido en ría. Enfrente de ella tenemos la barra: esa larga lengua de tierra que se alcanza nadando, remando, usando el viento con planchas de surf, con la cartayera —así denominamos los rompieros a los transbordadores o ferrys de la compañía Playas de Cartaya—, con nuestras propias barcas o por tierra desde la playa de Islantilla (Lepe).

La formación de flechas o barras arenosas paralelas al litoral se aprecia muy a menudo en la costa suroeste de España.

La barra es el logotipo de El Rompido. Simboliza más de lo que algunos imaginan y es un lugar idílico para evadirse. Los rompieros nos referimos a ella de muchas maneras, tal y como yo acabo de apodarla (“la barra”); a veces “La Flecha de El Rompido”; en otros momentos, “La Flecha del río Piedras o “La Flecha de Nueva Umbría”; o, simplemente, como “la otra banda”. Esto último, me traslada a Venecia, una ciudad dividida en dos partes por el Gran Canal, y cuando los turistas nos perdemos y el lugar que buscamos está al otro lado del canal, nuestro interlocutor del lugar siempre contestará eso: “Está a l’altre bande“

Yo leo en esa singular geografía una voluntad básica: la de proteger. Efectivamente, la fuerza del azar quiso que las aguas del Atlántico no entraran directamente en el Rompido. No pueden hacerlo porque la barra se lo impide. Así, cuando el océano tose o se enfada, sus gigantescas olas, gracias a la barra, llegan al Rompido minúsculas y lo acarician con suavidad. La barra nos protege, porque es lo suficiente ancha y larga para plantarle cara al océano. Por la mañana, con el sol redondo como una naranja en el horizonte, haciendo brillar con intensidad las aguas de la ría, y mientras la gente todavía está en los bares delante de su media tostada, surcar sus aguas con lentitud provoca una honda emoción.

En la otra banda, uno tiene cuatro opciones: quedarse en las arenas bañadas por las aguas de la ría —esa es la opción más inmediata—; ir a su extremo más al este —justamente delante del Nuevo Portil—; dejar la barca anclada en la ría y, a continuación, cruzar andando la barra y llegar a la Playa de Nueva Umbría y allí clavar la sombrilla en sus doradas arenas; o bien, una vez ya en el Atlántico con la barca, al anclarla, convertir el océano en nuestra piscina particular.

Durante nuestros veraneos, las opciones escogidas fueron variando en función del tipo de barca y, sobre todo, de nuestras aficiones. Cuando nos dedicamos plenamente al esquí acuático y al surf, anclábamos la barca en cualquier lugar de la otra banda y allí pasábamos la mañana, ya que los dos deportes aludidos donde mejor se practicaban era en las aguas de la ría. Después, al disponer de mejores embarcaciones y debido al enorme tráfico —que hacía que el surf ya fuera algo peligroso—, comenzamos a bañarnos directamente en el Atlántico.

Con mi hijo Jordi, los dos últimos veranos que pasamos juntos, esta última opción era la que nos gustaba más. Mientras nadábamos en el océano, a nuestra derecha veíamos Punta Umbría; justo delante El Portíl; a nuestra izquierda, intuíamos El Rompido y, cerrando los 180 grados, sabíamos que allí estaba Islantilla (Lepe). Eran mañanas deliciosas y, al llegar a casa, podíamos constatar que en nuestros pies no había ni un solo granito de arena.

La barra tiene un norte y un sur. Las arenas del sur están bañadas por la ría del Piedras, y las del norte por el océano Atlántico. Su lado este —su final o su inicio, según se mire— lo denominamos “la Punta”, y a poniente de la misma se encuentra la playa de Islantilla (Lepe). Con esta explicación me quedo más tranquilo. Así, todo el mundo entenderá que, si cambiamos el vocablo “barra” por “flecha” y decimos “La Punta de la Flecha,” nos estamos refiriendo al punto final de la barra, es decir, cuando la flecha desaparece bajo el mar. En definitiva, yo como rompìero, me siento más cómodo apodando a esta lengua de tierra “la barra de El Rompido”.

La primera noche que dormí en este pueblo, concretamente en el camping Catapum, en julio del año 1967, lo primero que vi por la mañana al levantarme fue esto: una barra de tierra alargada entre la ría y el océano. Quienes no tienen embarcación y escogen la opción de bañarse en la playa de Nueva Umbría —es decir, en el océano— deben cruzar la barra. Esta pequeña excursión es muy cómoda, ya que para atravesar los 500 metros que aproximadamente mide de anchura la flecha, se han instalado unas cómodas pasarelas de madera.

El trayecto para cruzar la ría lo realizan a menudo varios ferris que salen de tres distintos puntos del litoral rompiero. Pero hay que llevar a la playa todo lo necesario, porque en el otro lado no existe ningún establecimiento que nos ayude. La construcción de todo tipo de chiringuitos está prohibida, lo que ha permitido conservar la playa en su estado de virginidad.

En La Barra, sea donde sea, empieza el descanso: sombrilla, refrescos, toallas y algo de fruta es todo el equipaje. Con el calor del ambiente y la nitidez de las aguas, el impulso de bañarnos aumenta.  «¡Qué fría!» y «¡Qué buena!» son las frases más usuales; supongo que el impacto del momento no da para más creatividad. Unos nos remojábamos más rato que otros, pero todos disfrutábamos con idéntica ilusión.

La mayoría de los usuarios de la Barra accedimos a ella amparados por la tecnología náutica. Lanchas de muy diversas marcas y dimensiones surcan a diario la ría del Piedras. Desde allí, el pretencioso skyline de Punta Umbría se perfila a lo lejos, como un Manhattan cualquiera, y la multitud de parasoles anclados en la arena del Portil se ven con claridad y detalle.  Allí, nuestros cuerpos se mueven y se flexionan bajo el sol innumerables veces al día: recogemos cabos, hacemos nudos, jugamos a pelota, izamos nuestra cometa al viento y movemos bicheros y rezones, un sinfín de movimientos que durante el invierno son impensables.

El rasgo básico de “La barra de El Rompido” es su autenticidad. Es independiente y hasta un poco reservada, y quienes dialogamos con ella lo hacemos de manera directa, desde el alma. Las discusiones sobre su municipalidad son innecesarias, y algunas inoportunas bienvenidas escritas en ella, también. A mí y a los míos nos gustaba visitarla los días laborables, cuando la concurrencia no es tan numerosa.

Los visitantes somos gentes muy heterogéneas, pero estamos a la altura de su personalidad: respetamos a los que ya tienen echados sus rezones y sabemos fondear donde toca, porque en La Punta siempre hay un rincón libre que nos espera.

Lo bonito es navegar despacio, para darse cuenta de todo lo que ocurre alrededor. Que fuera la hora de pleamar o de bajamar no importaba, y que el viento soplara más o menos, tampoco. En cada caso, su personalidad perduraba. En la ría, motores, velas, pescadores y deportistas convivimos en paz. Nos saludamos sin conocernos, y quienes practican la pesca sobre sus barcas inmóviles soportan estoicamente las olas que nosotros provocamos.

Todo lo que ocurre en la ría surge de manera natural: en paz y armonía.

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