18 febrero 2026

CARTA AL DIRECTOR

Recuerdos de El Rompido (12)

Firma: Jordi Querol

Para mí, El Rompido siempre significó un reset: me limpiaba el espíritu y me resituaba. Mi cerebro, casi de forma automática, dejaba de elucubrar sobre temas nimios.

En El Rompido el tiempo era más lento. La sensación de que sus horas tenían más de sesenta minutos se repetía año tras año. Cuando llegamos por primera vez no existían pantalanes ni hoteles, ni gasolineras en el mar, ni grandes restaurantes; tampoco «cartayeras» para cruzar la ría, ni pasarelas de madera que permiten andar con comodidad por la barra en busca del océano.

Y, desde lo alto de la urbanización Eurovosa, además de ver las estelas de la vieja almadraba de Nueva Umbría a lo lejos —que nos recordaban la captura del atún, las áncoras, el alquitrán y a los sufridos almadraberos—, podíamos contemplar cómo proliferaban los chalés al borde de la ría. Embelesado, sin decir nada a nadie, soñé durante muchos veranos que algún día diseñaría uno, por supuesto de color blanco, para cobijar a todos los míos: andaluces y catalanes.

No sé exactamente si fui yo el primero en practicar el esquí en El Rompido, pero, sin duda alguna, fui el primer español que navegó en esta ría con una tabla de surf y una vela. Al cabo de tres o cuatro veranos practicando muchas horas el esquí acuático en la ría, recuerdo que, durante uno de nuestros últimos chapuzones antes de irnos a casa, divisé a lo lejos algo muy extraño. Un niño muy rubio, agarrado a una vela, navegaba sobre un objeto desconocido.

Le hice señales con los brazos y se acercó a nuestra sombrilla. Cuando ya estaba cerca, constaté que no se trataba de un niño, sino de un chico de unos veinte años, muy alto y rubio. Era un ciudadano alemán pasando sus vacaciones en España, y pudimos comunicarnos hablando inglés. Le pregunté cómo se llamaba aquel artilugio y me contestó que era una plancha de windsurf; fue la primera vez que oí esta palabra. Le di las gracias por la información y nos despedimos.

Al año siguiente, ya con mi propia tabla, cruce infinidad de veces la ría. A partir de las dos de la tarde, cuando aparecía un intenso viento y la marea empezaba a subir, tenía que dejar de surfear: ya no me quedaban fuerzas para continuar.

El recuerdo de aquellas lejanas y soleadas mañanas de vientos agradables, que sin cesar trasladaban mi cuerpo joven de una orilla a otra como si nada, se repite en mi memoria. En aquel tiempo, el tránsito de barcas motoras era mucho menor y, al cabo de unos pocos veranos, las velas de surf, con sus múltiples colores y como si fueran mariposas alegres, comenzaron a aparecer por doquier en la ría.

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