Pienso en verano y pienso en ociosidad. Luego ya vendrá la realidad con sus ajustes.
En los días de playa de mi infancia, mi madre se pasaba el previo sin parar. La tortilla de patatas, los filetes empanados, los tomates, los pimientos y la cebolla para el picadillo. Que en la bolsa no faltara nada: los bañadores, las toallas, la baraja de cartas y el parchís, el cubito y las palas, las colchonetas. La sandía. La gaseosa y el tinto. Ahora me pregunto: ¿Cuándo descansaba mi madre?
La mujer de mi amigo lleva treinta años viviendo en una localidad de la Costa de la Luz. Ha sido camarera en un restaurante, ha trabajado en una tienda de ropa, ha trabajado en un hotel y en muchos otros oficios relacionados con el turismo. Gente como la mujer de mi amigo sostiene nuestro verano. No lo olvidéis.
Tampoco nos olvidemos de las personas que van a pasar su verano en los hospitales, ya sea como enfermos, como cuidadores o como personal sanitario.
De todos los oficios del verano, el que me parece más poético es el de la persona que subida a un tractor alisa cada mañana la arena. Me imagino que en la RPT del ayuntamiento no lo llaman “Peón” sino “Peinador de playas”.
Duda libresca de este verano: ¿Leer un par de libros de más de 500 páginas o unos cuantos de menos de 300 páginas?
El Antico Caffe Greco está situado en la Via dei Condotti en Roma. Es el segundo café más antiguo de Italia, después del famoso Caffe Florian de Venecia. Encuentro muchas fotos en Internet: El Antico Caffe Greco es precioso, bien merece una visita, si no está inundado de turistas.
En una de las fotos dos camareros perfectamente uniformados custodian la entrada del salón. Más que una invitación a entrar, la figura de ambos parece delimitar el estándar mínimo para poder ocupar una mesa y tomarte un espresso machiato.
Mi amore, mi amore… A ver quién se la quita ahora de la cabeza.
“Cuando me pregunto por qué solo accedo a mi verdadera vida en vacaciones, hablo de una reconquista del tiempo. ¿Cómo diría: descanso, ocio, libre albedrío?”, dice Azahara Alonso en su libro Gozo.



