Veo una foto en Instagram de alguien a quien sigo. Está en la playa, pero no es eso lo que capta mi atención. De fondo se puede ver un pino, bueno mejor dicho El Pino.
Inmediatamente adivino donde está. Si alguna vez has veraneado en esta playa onubense, El Pino (así con mayúsculas) ha sido tu punto de referencia, lugar de quedadas, medida para saber si algo estaba lejos o cerca. Si no has quedado en El Pino con tu pandilla, tú no has estado en La Antilla.
¡Cuánta vida cabe en un árbol! Ya no solo por la que albergan en su interior, como el pino centenario de Mazagón, sino por la cantidad de vida que ven pasar: los pájaros que anidan en sus ramas, el viento y la lluvia que los renueva, las familias que se cobijaron en su sombra, los chiquillos que jugaron alrededor de su tronco, los enamorados que se juraron amor eterno bajo sus ramas.
Cada lugar tiene su propio punto de referencia, ese por el que quienes lo habitamos medimos las distancias. Pienso en la Torre Almenara de Punta Umbría, en el Faro de Mazagón, en la Plaza de las Sirenas de El Rompido o el Tapón de Matalascañas. Pero cada uno de nosotros podría hacer de ese mismo lugar su propio mapa sentimental, a la manera de Zoë, la protagonista del libro El mapa de los buenos momentos.
¿Son fijos los puntos cardinales o podríamos desplazarlos con un latido del corazón?
Estoy desayunando en una ciudad que no es Huelva. Del fondo de la cafetería surge un muchacho con una camiseta del Recre. Quiero abrazarlo, quiero adoptarlo, de pronto tengo ganas de llorar. Una no es más de su tierra que cuando está lejos de ella.
¿Cuánta cantidad de nostalgia somos capaces de soportar para que los demás no nos consideren insoportables?
De nuevo Antoine Doinelle corre por la playa: Estoy en casa.
Dice Wislawa Szymborska: “Me gustan los mapas porque mienten”



