Tu primer beso, tu primera fiesta, las primera canciones, aprender a nadar, ver una lluvia de estrellas, volver de madrugada. ¿Cuántas de estas primeras veces fueron en la playa?
Abrir un libro por la primera página en la playa y que el espíritu ya esté predispuesto para el comienzo de todo.
Los profanadores que antes de empezar un libro leen el final merecerían vivir eternamente en una biblioteca donde solo hubiera un único libro.
En cuanto veíamos por la ventana del Renault 5 un cachito de mar azul, mis primos y yo comenzábamos a chillar: ¡La playa! ¡La playa! ¡La playa!
¿Dónde comienza la playa?
Frente a una hoja en blanco, la primera frase es la más difícil. Hay quien afirma que el primer verso de un poemario es su título. En mi libro Manual de escritura poética (Berenice, 2025) aconsejo llevar siempre encima una libreta donde anotar primeros versos que se nos vayan ocurriendo y, como Ariadna, ir tirando luego del hilo.
¿Dónde comienza un laberinto?
Titular, elegir topónimo, poner nombres a las calles. ¡Qué difícil acertar!
Nombres de calles que me gustan: Niño Perdido, Parras, Palo Dulce.
¿Dónde comienza una calle?
Cuatro muchachas sonríen mientras practican surf en Watergate Bay en Cornualles (Reino Unido), por donde este deporte, nacido en las costas californianas, entró en Europa. En el mundo 35 millones de personas lo practican, 4,5 millones en Europa. Las mujeres surferas representan entre un 15 y un 20% del total mundial.
Una jovencísima Françoise Sagan me mira desde el otro lado de la pantalla. Con 18 años escribió Buenos días, tristeza, que comienza así: “A este sentimiento desconocido, cuyo tedio, cuya dulzura me obsesionan, dudo en darle el nombre, el hermoso y grave nombre, de tristeza.”




