El Rompido está ubicado en el término municipal de Cartaya: un pueblo delicioso que no se encuentra por azar ni de paso; hay que ir a buscarlo. Cartaya y El Rompido van juntos, son familia y, como tales, siempre discuten, de la misma forma que lo hacemos nosotros en nuestros hogares. El Rompido representa la metáfora y el futuro; Cartaya, la realidad y la historia. El número 21459 corresponde al código postal de El Rompido, y el de Cartaya es el 21450, o sea, guarismos distintos, pero muy cercanos. El paisaje de Cartaya es bello y suave, sus casas son blancas y su cielo muy azul; maneras y colores idénticos a los de El Rompido.
Durante mis veraneos, he podido constatar con mucha ilusión varios cambios en Cartaya. Hace cuarenta años, su belleza era idéntica, pero algo alejada de la modernidad. Hoy, en cambio, la localidad alberga una mentalidad muy abierta y está muy bien comunicada, pues desde los aeropuertos de Sevilla y Faro tan solo cuesta llegar unos cincuenta minutos. Cartaya ha dejado de ser «museo» y se ha subido al tren del progreso. Dedicada al campo (fresas, arándanos, etc.), sin perder un ápice de su personalidad agrícola, ha sabido asimilar los nuevos tiempos.
Sea como sea, lo que me interesa destacar es que, cuando la visité por primera vez en el año 1967, Cartaya me pareció un lugar básicamente estático, cuyo distintivo principal era su castillo de estilo gótico: el castillo de los Múgica. Sin embargo, hoy Cartaya ya ha hecho los deberes. Detrás de sus blancas y silenciosas casas hay algo más: sin estridencias ni alardes, se ha convertido en la capital de un bellísimo territorio turístico con mucho futuro, cuyo gran protagonista es El Rompido.
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Con la distancia logramos perspectivas que nos permiten obtener nuevas apreciaciones. Cuando, a partir del uno de setiembre, vuelvo a estar implicado en esta Barcelona frenética y laboriosa, Cartaya siempre retorna a mi mente. A excepción de su entrada sur (la que usamos los que residimos en El Rompido), donde asoman, presumidas, unas viviendas de aspecto rimbombante (supongo que son las residencias de las familias más acomodadas), el resto de los accesos y, en general, la mayoría de las edificaciones de Cartaya parecen existir no solo con ánimo de vestirse de blanco y cobijarse bajo tejas, sino también para concretar sus espacios públicos.
Estoy hablando de calles y de plazas. Cartaya siempre ha considerado prioritario conformar sus espacios públicos, ha rehuido de los iconos arquitectónicos extraños y de colores extravagantes para especializarse, con humildad, en forjar aquello que interesa a todos. Por eso, Cartaya conforma una unidad blanca; una sola pieza en la que las calles que la vertebran son sus auténticas protagonistas. Cuando te alejas de su impronta, lo que tu mente retiene con más firmeza de Cartaya es la blancura global de la localidad, con un único y bello contraste: el color oscuro de las magníficas piedras del castillo de los Múgica, ubicado en su colina particular.
Lograr cosas simples y de sentido común en las ciudades es muy difícil; es el aspecto más peliagudo del urbanismo, y por eso he creído que esa gran cualidad de Cartaya merecía estas líneas.
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Algunas tardes, a eso de las siete y media, bebo vino blanco con mis amigos cartayeros en Ca Cárdenas. En dicho bar olvido a los espíritus propios de la gran ciudad, que me persiguen sin cesar. Hablar con Ramón, Alejandro y muchos otros no tiene precio. El Rompido y Cartaya son para mí una forma de medicación: una receta infalible que siempre ha surtido efecto. Con ella me tranquilizo, recobro el ánimo y encuentro las agallas necesarias para seguir adelante.


