Mis primeros recuerdos de la playa van inevitablemente unidos a un Renault 5 rojo. Cuando lo jubilamos, habíamos llegado a ocuparlo cuatro adultos y cuatro niños, una tienda de campaña y una sombrilla, dos neveras, dos bolsas con las toallas y una sandía.
Bienaventurados los que enterraron una sandía en la playa y nunca la encontraron.
Muchos años después, frente al enorme hotel que habían construido a pie de playa, la poeta Carmen Ramos habría de recordar aquella mañana remota en que su padre le enseñó a nadar.
El sabor de aquellas tortillas de patatas que, metidas en un pan de bocadillo, nos comíamos en la orilla.
No sé si alguien ha estudiado la relación que pudiera existir entre las dos horas de digestión que había que guardar antes de bañarse y la duración de las siestas de los adultos.
Las mejores noches eran las que pasábamos en la playa cuando en la pandilla había alguien que sabía tocar la guitarra.
Que no hubiera programación en la televisión a mediodía ha sido la mejor campaña de fomento de la lectura que se ha hecho nunca en este país.
Desde el verano de 1975 y durante décadas, Nicholas Nixon tomó una fotografía de su esposa y sus cuñadas. Siempre la misma fotografía, siempre el mismo encuadre, siempre el mismo orden de las cuatro muchachas. Y así atrapó todos esos veranos que ya no volverían.
Elegir la postal, pensar lo que ibas a escribir, sacar un papelito con la dirección de la persona destinataria, comprar el sello y echar la postal al buzón. A veces llegabas a tu lugar de origen antes que la postal: toda esa lentitud que hemos perdido.
El cine de verano es el último hilo que nos amarra a nuestro pasado.
Las cometas.
Dice Blanca Varela: “El verano trae todo lo perdido”.



