El bolero siempre me ha cautivado. La melancolía de sus melodías marcó mi inquieta adolescencia. Primero con Lorenzo González; después llegaron Lucho Gatica y Armando Manzanero y, más tarde, la voz inconfundible de Moncho. Nacido con el nombre de Ramón Calabuch Batista en el barrio de Gracia de Barcelona, desde su infancia siempre oyó cantar flamenco y rumba catalana.
A mediados de los años 70, junto a Ana Belén, Joan Manuel Serrat y Luis Eduardo Aute viajó a Cuba (Festival de Varadero) y, desde entonces, su popularidad nunca dejó de crecer. Yo adoraba escuchar su voz interpretando las canciones Llévatela, que Armando Manzanero compuso especialmente para él, y Házmelo otra vez (que formó parte de la banda sonora de la película Jamón, jamón de Bigas Luna).
Hace unos cuentos años, con la ayuda de Pepe Villegas —un músico cartayero genuino y lleno de talento, compositor, cantante y guitarrista—, logré organizar un concierto de boleros en el jardín de Lontana. Ensayamos varias veces en su domicilio y, gracias a él, los acordes salieron mucho más ajustados. Yo había conocido a Pepe cuando él tocaba en un conjunto cartayero denominado Los Montunos.
Aquel verano se quedaron sin pianista —no recuerdo ahora la causa—, y al ser yo muy amigo del saxofonista del grupo —músico magistral de nombre Lolito—, me ofrecieron el puesto. Les dije enseguida que contaran conmigo, pero que solo podría ayudarles durante el mes de agosto. Recuerdo que fue un verano singular: muchas actuaciones en ferias y distintos lugares, y mis largas siestas rompieras dejaron de existir, ya que aquellas horas deliciosas coincidían con los ensayos de Los Montunos en Cartaya.
Como decía, a colación de nuestro festival particular de boleros en Lontana años más tarde, aquella noche yo canté y toqué el teclado eléctrico, y Villegas me acompañó con su guitarra. Sus improvisaciones fueron lo mejor de la velada. Ambos estábamos situados a la altura de la piscina, mientras la audiencia, un metro más abajo, se acomodaba en la plazoleta.
Así, jugando con los niveles, se configuraba un escenario natural lleno de encanto. Una vez más, y como siempre, a finales de agosto, todo se alineaba: la música, la buena gente, los pinos que nos rodeaban, las tapas exquisitas, la cerveza, el vino… Nuestra piscina, iluminada, dibujaba un pequeño y resplandeciente círculo azul en medio del jardín. Y bajo un cielo con un número infinito de estrellas brillando, todos juntos formábamos un bello equipo reunido por el placer de compartir música y felicidad.
Por supuesto, las dos últimas canciones que canté a modo de despedida fueron Llévatela y Házmelo otra vez. Y después de los aplausos, sin movernos del lugar, terminamos la noche conversando, bebiendo, comiendo y, sobre todo, gozando de nuestra amistad de siempre.
En aquellas noches rompieras, ya no tan calurosas, cuando el otoño empezaba a insinuarse, en Lontana solo tenían cabida personas que nos queríamos.



