8 diciembre 2025

CARTA AL DIRECTOR

Recuerdos de El Rompido (21)

Firma: Jordi Querol

Mis dos cuñados se llamaban Silvino y Juan. El primero, hermano de mi mujer; el segundo estaba casado con Concha, mi cuñada, es decir, la hermana de mi esposa. Ambos vivían en el barrio de La Orden, en la ciudad de Huelva. Durante más de cuarenta años, con sus respectivas esposas e hijos, pasábamos los veraneos juntos en El Rompido.

Silvino Hidalgo González —apodado «Rebusca» por sus compañeros de Fertiberia, donde trabajó durante mucho tiempo—ya jubilado y viudo, pasó en soledad los últimos años de su vida. Sin Leni, su esposa, yo sé muy bien que no fueron años felices, se sentía solo, perdido; en una palabra: desamparado. Leni no era solo su mujer, era su directora espiritual, su brújula: su todo. Por eso, las enfermedades que lo asaltaron se precipitaron de golpe contra su cuerpo, porque, en definitiva, lo que de verdad anhelaba era dejar atrás ya todo y reunirse con ella.

La personalidad de Silvino no causaba indiferencia a nadie. Durante cuarenta agostos yo lo disfruté tal y como era, y me deleité con sus chistes, al igual que todos los que tuvieron la suerte de escucharlos. Nadie en Huelva —y, por descontado, en estos apartados mundos que he recorrido— los ha contado mejor. Aún percibo, en aquellas fiestas nocturnas de Lontana, las sonoras carcajadas de Ramón, Pepe Bayo, Alejandro, Pepe Delgado, Manolo García Gallego y tantos otros que se arremolinaban a su alrededor. Éramos un grupo que se moría de risa cuando Silvino imitaba a los «leperos», con mis respetos a todos los habitantes de Lepe.

Los allí presentes sin excepción lo recordaremos animando aquellas entrañables noches rompieras enmarcadas por pinos, la brisa del mar y el cielo salpicado de estrellas de verano, unas reuniones que se prolongaban hasta que él lo decidía. Su apostura andaluza, ilustrada y voluminosa, nos enviciaba. Con sus chistes y espontáneas charlas, aquellas veladas se han convertido para mí en recuerdos inolvidables. Ahora, con su silencio, han pasado a ser leyenda.

Cuando España era muy poca cosa, mi cuñado Silvino se alejó de Huelva para resistir las penurias de los años cincuenta. Encerrado en salas de máquinas —sofocantes y ruidosas— de barcos petroleros, su existencia se zarandeaba por el Mediterráneo. Al final volvió a su querida Onuba. Las zanjas, el yeso y algún tiempo en la tienda de «los Machuca» fueron el preludio de muchos años respirando Fertiberia.

¡Qué traicioneros son, a veces, los vocablos! Según se mire, la palabra «Fertiberia» podría significar una Iberia fértil. Sin embargo, de noche y de día, Silvino respiró humos y gases que nadie debería haber inhalado, y después, al acabar los turnos y las horas extras, remataba la «la faena» con docenas de cigarrillos Winston. Fumaba el mismo veneno yo: el tabaco rubio le gustaba una barbaridad. Cuando no trabajaba y dejaba de respirar toda aquella inmundicia, devoraba libros y más libros, sin cesar y casi con delirio. Así se hizo sabio y, a su vez, rompiero.

Mi cuñado Juan —«El Duque», como lo apodaba Silvino desde hacía muchos años—, que también vivía en La Orden, nunca le escuché contar ningún chiste. Sin embargo, su espontaneidad andaluza, su manera natural de hablar y aquella morfología singular, es decir, su esbeltez torera, lo convertían en peculiar. Juan siempre tuvo un cierto aire aristocrático que lo hacía diferente. De muy joven, cuando nuestro país vivía las penurias de los años cincuenta, trabajó en Alemania y Barcelona, pero en aquellas latitudes nunca se sintió satisfecho. Al final, acababa regresando a su querida Huelva: su territorio, su lugar.

Listo y rápido de mente, oírlo hablar cautivaba. Durante los días del mes de agosto que estábamos en El Rompido, desayunábamos juntos cada mañana, sin faltar una sola vez. Hacia las siete y media, al salir de casa, decidíamos en qué bar de Huelva o de alguna localidad cercana tomaríamos el desayuno. La elección no era inmediata, aunque casi siempre a los pocos minutos y de común acuerdo, justo antes de alcanzar El Cruce —esa confluencia de carreteras que enlaza Punta Umbría, Huelva y Cartaya con el mar al fondo— ya habíamos tomado una decisión. Por ese motivo, con el tiempo llegué a conocer la mayoría de los pueblos de la provincia de Huelva.

De toda aquella infinidad de bares que visité con El Duque, uno de mis preferidos siempre fue El Bar Central de Huelva. Explicar por qué es muy sencillo. Al estar el Central delante del mercado de El Carmen, y muy cerca de un popular puesto donde se podían comprar churros, ocurrían tres cosas a la vez: conversábamos con Gonzalo Martínez —el dueño del local—, un choquero de gran calidad; degustábamos aquellos deliciosos calentitos y, una vez listos, entrabamos en el mercado. Allí acontecía lo mejor de la jornada. Yo me colocaba detrás de Juan para oírlo y verlo actuar.

Tenía guardadas frases graciosas destinadas a cada una de las vendedoras, y a ellas les encantaba escucharlo. Algunas le contestaban y otras no, pero todas sin excepción lo miraban embobadas. Y, como los toreros dan la vuelta al ruedo, él desaparecía de la plaza de abastos: con lentitud, satisfacción y orgullo. Además, sabía muy bien que yo me divertía de lo lindo al apreciar su éxito con las féminas onubenses.

Cuando el siguiente agosto nos dejó, Huelva, la ciudad que en verano siempre amanece vacía y fresquita, y que Juan y yo tantas veces recorrimos juntos en busca de nuestro primer café, ya no era la misma.  Ahora, sin mis dos cuñados, sin los cupones ni el libro de las mareas, sin aquellas risas infinitas, nuestras pequeñas escaramuzas y tantas cosas más —que en realidad eran una muestra de amistad y afecto—, todo ha quedado atrás.

 

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