Miro en el móvil el calendario: el mes de agosto ha tenido más cuadriculas ocupadas que libres. ¿Estoy de vacaciones?
Hay planes que sé que no podré cumplir – por falta de tiempo, por falta de ganas, por falta de compañía – y, aun así, los apunto. Alguien me habla del FOMO, que tiene nombre de producto de limpieza, pero es el culpable de mis planes platónicos.
Esa gente que va a la playa y juega a las palas, juega al fútbol, se apunta a las nosecuantas millas náuticas a nado, madruga para hacer unos kilómetros en bicicleta y echa de menos a sus compas del crossfit, debería pasar un invierno encerrados en sus casas leyendo a Byung-Chul Han, a Jenny Oddell, a Azahara Alonso, a Juan Evaristo Valls Boix. Y dejar de tatuarse.
Holgazanería. Holgazanería. Holgazanería. Ritual matutino frente al espejo. A ver hoy sí se hace presente.
Se estima que un 60% de las familias españolas recurren a sus mayores para el cuidado de los niños en vacaciones. Se ve que la jubilación no lleva aparejado el derecho al descanso.
La pereza, un sentimiento con tan mala fama que es considerado incluso pecado capital, ¿Debería convertirse en un derecho estival? ¿Haremos la próxima revolución tumbados en la arena?
“Les revelo un lugar secreto – mi favorito – para pasar sin despilfarro unos días de descanso: la cama”. Nota mental: hacer caso a mi querida Carmen Camacho.
Plan perfecto para tardes de mucho calor: apagar la tele, apagar el móvil, coger un libro, descorrer un poquito las cortinas, que entre la luz justa para no perder las pestañas, echarte en la cama, despertar una hora más tarde con el libro abierto sobre el pecho.
Tumbarnos a la sombra de un árbol y entrecerrar los ojos. Todos los mundos son posibles en ese momento.
Admiro la belleza secreta del vestir veraniego, ese “con cualquier cosa salgo a la calle”: una camiseta, un pantalón holgadito y unas sandalias. O un vestido y unas cuñas. O una blusa blanca y cualquier falda. Toda esa relajación que el invierno tapa bajo capas de abrigo.
La ternura de la instantánea del fotógrafo lituano Tadao Cern en la que dos señoras duermen plácidamente sobre una toalla en la arena. Una de ellas está bocarriba, tiene la cara tapada con un sombrero, pero se intuye que tiene la boca abierta. La otra duerme de lado, con la bolsa como improvisada almohada. Es tan real la imagen que me descubro hablando en voz baja mientras la contemplo.



