DESDE BARCELONA.
Regreso a la ciudad (y 3).
[Jordi Querol]

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Incorporado definitivamente al ambiente de mi ciudad (BCN), de sopetón una reunión de arquitectos europeos en Chania (Creta) me reclama. En griego Chania se pronuncia ‘Janiá’, o sea, con jota inicial y acento en la segunda a. Es una ciudad bellísima de aproximadamente 36.000 habitantes y, al igual que en la mayoría de islas mediterráneas, en Creta, se percibe una paz especial. A veces, debido a su situación (punto de cruce entre Europa y Asia menor, Oriente Próximo y África), la mencionada paz ha desaparecido y, la isla ha sido la protagonista de cuantiosos conflictos bélicos.

Escribo estas líneas delante de una suculenta ensalada griega; son las 13h: 15m del último día de Agosto y estoy en la terraza de un restaurante denominado Apokoroviotis ubicado en una calle (ausente de peatones) muy luminosa y arbolada especializado en el asado de carnes; un establecimiento con un enorme toldo. Obviamente, después de la ensalada degusto un buen bistec de ternera y, afortunadamente, mientras lo hago, aflora una gentil brisa que me ayuda (junto con un café) a terminar felizmente mi almuerzo. Al ser domingo y, con 30 grados centígrados a la sombra, la mayoría de cretenses están refrescándose en su mar, es lógico.

Escribo sobre esta pequeña huida a Creta para insistir sobre un tema importante que ya inicié en uno de mis artículos precedentes: la permanencia a un lugar. A los habitantes de Chania que naturalmente hablan griego, yo no los entiendo, sin embargo, sus rostros y sus gestos son idénticos a los de las gentes de Cartaya, Roses, Marsella, Palermo y un largo etcétera de pueblos y ciudades del Sur; sus arquitecturas y sus gustos gastronómicos apuntan a objetivos similares; el aceite, las cebollas, los tomates, las berenjenas y los pimientos que también crecen bajo cielos azules, son semejantes a los nuestros; y lo mismo ocurre con los arboles (olivos, almendros, naranjos…). Por todo eso junto percibo que nada en Chania me es ajeno.

Con independencia a que el lugar más vinculante de nuestras vidas es, comprensiblemente, un determinado barrio de una ciudad concreta, este otro tipo de escenario muchísimo más extenso pero con historias y culturas con marcadas similitudes también es nuestro lugar. Es un territorio que va desde Oporto a Damasco y abarca todo el Mediterráneo; en él, unos cuantos millones de seres humanos nos movemos como en nuestra propia casa simplemente porque nos sentimos cómodos. La paradoja de este enorme, bello y singular espacio surge al comunicarnos; lo hacemos a través del inglés, un idioma absolutamente ajeno a su cultura milenaria que nada tiene que ver con minoicos, micénicos, dorios, fenicios, griegos, egipcios, romanos, bizantinos, árabes, turcos, venecianos…En fin, una singularidad exótica de la historia.

Retornar a nuestros barrios, o a estas zonas mucho más amplias y a la par tan vinculantes siempre resulta gratificante.

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