DESDE BARCELONA.
Sobre ciudades (2).
[Jordi Querol]

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En general, al conjunto de tejidos urbanos antiguos (tartessos, romanos, visigodos, árabes…) de nuestras ciudades, lo denominamos ciudad histórica o ciudad vieja. Normalmente, constituyen su centro geométrico y esencial, el centro más conocido y visitado. ¿A qué se debe esa tendencia?, ¿por qué nos gusta tanto pasear por lo antiguo? Independientemente de su belleza, los barrios añejos de nuestras ciudades no solamente evocan a nuestros antepasados más inmediatos, sino que también son los testigos de lo sucedido en tiempos remotos. Son áreas peatonales muy atractivas y con gran variedad de comercios, en ellas, nadie añora los ruidos del tráfico rodado. Relacionar piedras antiguas (edificios, murallas, calles…) con acontecimientos históricos de nuestro pasado estimula a engrandecer el presente, y también nos ayuda a adivinar nuestro futuro.

Andar temprano y tranquilamente por la Barcelona antigua durante las mañanas soleadas de cualquier domingo del año es un placer. Cuando deambulamos por sus estrechas callejuelas y aún perduran en nuestra mente las noticias televisivas de la noche anterior (casi siempre portadoras de tragedias), nos entran ganas de cavilar. Las estrepitosas noticias mencionadas que, evidentemente, nos ponen al día y nos ayudan a advertir el presente, se compensan con los agradables silencios de las piedras que vamos advirtiendo. No pertenecen a ningún partido político determinado ni tienen sexo alguno, son absolutamente neutrales ya que son de todos; son piedras que concretan espacios de muy diversas índoles y usos (iglesias, catedrales, viviendas, comercios…), y no solo nos recuerdan nuestras tragedias pasadas sino también nuestros mejores logros. Siempre nos apetece mirarlas porque son generosas y sinceras y, a veces, incluso nos gusta acariciarlas.

Son muchos los que apuestan por esta parte de la ciudad, comerciantes, restauradores, artesanos, intelectuales, artistas…, por eso, el visitante saborea y disfruta de una gran oferta; muchísimos edificios emblemáticos, algunos de ellos con nuevas personalidades (hospitales convertidos en bibliotecas, antiguos palacios señoriales albergando importantes museos…), comercios de distintas índoles, etc. En pocas palabras, centros antiguos con innovación y tradición renovada; arquitectura y diseño, todo junto, con niveles de gran calidad.

Ciñéndome ahora, exclusivamente al centro histórico de Barcelona (el que obviamente conozco mejor), debo manifestar que su gran cambio empezó con el primer ayuntamiento democrático. En 1979, la reconversión de la mencionada zona se planteó como un proyecto prioritario y urgente. El pensamiento básico era irrebatible: los derechos de sus habitantes eran los mismos que los del resto de la ciudad. Hasta aquel entonces, aquellos barrios antiguos (Gótico, Raval y Barceloneta) no disponían de espacios públicos adecuados ni de los necesarios equipamientos y servicios. Hacer ciudad es eso, pensar en todos y cada uno de los ciudadanos que la moran. Cuando se hace así, los vecinos reaccionan de inmediato, es decir, se implican de manera directa y positiva con aquella rehabilitación: es su vida.

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