LUZ DE GAS
Los Almajos
[P. López Villarejo]

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Hace sesenta años, el 22 de diciembre de 1951, en la cantina de El Majadal, un poblado de colonización del Patrimonio Forestal del Estado, en Doñana, cuatro hombres juegan a cartas una lluviosa tarde. Don Bernardo el cura, José Peláez, Mejías y Fabián, participantes en unas partidas que desbordan el territorio del tapete para dirimirse en otra letal que se pugna realmente en la mente de al menos uno de ellos. Todos están, por una u otra razón, entre los vencedores de una guerra terrible que había finalizado tan solo doce años antes. Las penas de muerte por motivos políticos aún eran una noticia de desayuno casi diario y grupos de románticos republicanos (los maquis) todavía pensaban que era posible derribar el fascismo franquista si con su hostigamiento desde las montañas del Norte lograban que las democracias occidentales se implicaran en el proyecto de acabar con la dictadura por la fuerza.


Con este telón de fondo y con esos personajes Juan Villa ha logrado poner en pie, en solo setenta y cinco páginas, una pequeña obra maestra encuadrable en la literatura andaluza de posguerra (Los Almajos. Ed. Paréntesis. Sevilla, 2011) Y lo consigue por una triple vía: por su escueto y preciso estilo en el que parece no existir el narrador sino un lector que observa directamente cuanto ocurre; por su extraordinaria eficacia descriptiva que convierte al poblado, a la lluvia y al cerrado espacio psicológico de sus personajes en testimonio tácito del asfixiante clima sociopolítico del país y, finalmente, por su sólida y admirable arquitectura literaria que, desde la humildad de lo que bien pudieran ser los primeros capítulos de una novela más extensa, muestra una sorprendente potencia como relato independiente desde las primeras líneas.
La misma intensidad que proyectan sus actores, dotados de tan poliédricos aunque estrictos y definidos perfiles que no merecen no seguir existiendo en el futuro (“Lo malo no es lo que cada uno guarde de si mismo en su memoria, lo malo es lo que guarda de ti la memoria de los otros; lo malo, querido amigo, no son tus recuerdos, sino los recuerdos de los demás”, dice Mejías, posiblemente el más inquietante de los cuatro, a Fabián, el más débil de todos). Pues cuando un autor construye un espacio humano tan apasionante, unos personajes como éstos, tiene el deber de dejarlos actuar, de desarrollarlos, de condenarlos a vivir.
Juan Villa, además, practica un irrenunciable didactismo, resultado de su vital implicación con el paisaje, desde el mismo título de la novela, los almajos, esas hierbas que crecen en las marismas del Guadalquivir cuando se quedan sin agua y que las yeguas buscan y se comen para malparir en los años secos y cuya existencia tantos ignorábamos. Pedagogía que aprovecha, no tanto para instruirnos con sensible capacidad sino para abrir espacios parabólicos que sirven al lector de eficaz nutriente para calar a fondo en la mentalidad de los protagonistas.
En fin, una narración intensa y desasosegante, tan sabia como descarnada que merece, que pide a gritos, una continuación extensa. Juan Villa ha conseguido en tan solo tres novelas –y especialmente con esta, que considero es un denso e insuperable pórtico- configurarse como un gran autor, como uno de los mejores narradores españoles contemporáneos.

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